Muchos animales evitan el contacto con las personas. En la sabana africana, los mamíferos huyen con más intensidad al escuchar conversaciones entre gente que al oír rugidos de leones o sonidos asociados a la caza. Este temor al ser humano influye en cómo se mueven, comen y beben las especies dentro de su hábitat.
Por Salvador Herrando-Pérez
A lo largo de nuestras vidas interaccionamos con cientos de especies animales, sin pararnos a pensar en ello. Muchas veces esas interacciones son directas, como cuando nos topamos con animales salvajes paseando por la montaña o conduciendo nuestro coche por una zona rural. En nuestro papel de cazadores, pescadores y coleccionistas matamos más de 15.000 especies de vertebrados, que vienen a ser un tercio de su diversidad conocida, y un abanico de presas trescientas veces superior a la de cualquier otro depredador de tamaparño similar. Si alguien ha sobrevivido a alguna agresión o accidente con riesgo de muerte, comprenderá que la experiencia se recuerde toda la vida. Del mismo modo, los animales almacenan información de encuentros amenazantes o lesivos cuando se tropiezan con personas. Por eso, para ellos, ajustar su comportamiento a la presencia de gente tiene repercusiones en la supervivencia y la reproducción, que se transmiten de una generación a otra (5). Por ejemplo, esta capacidad de ajuste determina qué individuos, poblaciones y especies conviven cerca de nosotros en ambientes urbanizados.
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