Por Francisco Javier Montoro
La gracia y vivacidad de los movimientos de estos animalitos nos dejó cautivados. En una ocasión pudimos contemplar que la madre regresaba de una de sus incursiones de caza con un lirón careto (Eliomys quercinus) en las fauces. Saltaba entre los bolos graníticos con una facilidad pasmosa si tenemos en cuenta que la presa debía pesar casi tanto como ella. La frase más repetida entre aquel grupo de entusiastas fue “hay que pararse a mirar a las comadrejas, mucho más difíciles de ver que un lince.”
Era la segunda vez en mi vida que he tenido la fortuna de observar en directo a la especie. La otra fue hace veinte años, en la vega de Granada, y la protagonista también fue una hembra con tres crías. Unas imágenes que, pese a su fugacidad, no he olvidado. Si me he animado a enviar esta nota al Observatorio ha sido tras leer el artículo publicado en el número 468 de Quercus, correspondiente al pasado mes de febrero. Los autores recalcan que solamente han conseguido registrar una imagen de comadreja en la provincia de Córdoba tras cuatro años de fototrampeo, entre 2020 y 2024. Quiero felicitar a Ana B. Llorca y al resto de los firmantes por advertirnos de que este bellísimo mustélido puede estar inmerso en un proceso de extinción silenciosa.
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